Cada mañana, la humanidad se enfrenta a uno de sus dilemas más persistentes: ¿qué voy a desayunar? La pregunta parece insignificante, pero basta observar el tiempo que dedicamos a resolverla para sospechar que consume más energía mental de la que merece. ¿Cuántas neuronas sacrificamos al comparar unos huevos rancheros con unas quesadillas, o al debatir si el café debe acompañarse con pan dulce? Aunque no existe una cifra exacta de neuronas empleadas en esta decisión, sabemos que elegir implica procesos cognitivos que, en ocasiones, parecen desproporcionados para el resultado.
Los estoicos, con Epicteto a la cabeza, nos recordarían que la serenidad comienza al distinguir lo que depende de nosotros de aquello que no podemos controlar. El hambre es un hecho; la indecisión, una elección.
Quizá la solución consista en establecer un menú rotativo, aceptar que ningún desayuno será perfecto y reservar nuestras facultades intelectuales para asuntos de mayor trascendencia. Marco Aurelio difícilmente habría conquistado la paz interior discutiendo consigo mismo entre un tamal y un sándwich.
Al final, desayunar es una necesidad, no un examen filosófico. La sabiduría consiste en elegir, comer y continuar con el día. Porque si cada mañana debemos resolver el sentido de la existencia antes del primer café, probablemente llegaremos al almuerzo sin haber vivido.









